9/18/2006
LOS LAPICES SIGUENE SCRIBIENDO
La fecha representa el rol de la juventud y su compromiso con un mundo de solidaridad y justicia.
La elección del 16 de Septiembre para representar el Día Nacional de la Juventud trasciende el dato histórico y busca establecer el hecho simbólico: hablamos de un momento de nuestro pasado inmediato que representa el rol de la juventud y su compromiso con un mundo de solidaridad y justicia .Sólo con la participación de una juventud movilizada y organizada vamos a lograr una realidad mejor.
El sujeto del Terrorismo de Estado fue la juventud
En septiembre de 1976, fueron secuestrados en la ciudad de La Plata 16 estudiantes secundarios (6 de ellos durante la noche del 16), en un operativo que el represor Ramón Camps denominó La Noche de los Lápices. Los chicos tenían entre 16 y 18 años y participaban en agrupaciones estudiantiles que el año anterior, todavía en un gobierno democrático, habían reclamado, entre otras propuestas, por un boleto secundario de tarifa social. Luchaban y se comprometían por una sociedad más justa para todos.
Para entenderlo claramente, debemos reflexionar sobre las causas, quizás no las más inmediatas y aparentes, pero sí seguramente las más profundas y reales de la parte que le toca a nuestro país en la crisis mundial de la juventud.
Para ello debemos analizar dos períodos de nuestra historia, los ´70 y los ´90, ambos tuvieron en común el ser dos facetas de un complejo brutal y artero plan disciplinamiento social.
El objetivo de los ´70 fue, todos los sabemos, quebrar una tendencia de cambios sociales y políticos que había cobrado un gran vigor en nuestro país, la metodología fue la destrucción física del activo organizado en sus diferentes variantes, el desmembramiento de vastos sectores sociales comprometidos mediante el exilio externo o interno y fundamentalmente el temor a los más amplios sectores de la sociedad. Este mecanismo tiene una particular relectura si pensamos que más del 90% de las personas contra los que fue aplicado eran jóvenes. Todos lo conocemos pero no reflexionamos sobre este hecho, el sujeto del Terrorismo de Estado fue la juventud, el objetivo garantizar una “generación de orden”.
En los ´90, en otro contexto, se aplicaron también políticas que tenían como objetivo la desmovilización y el retroceso del que es por definición el sector más generoso y dinámico de cualquier grupo humano: su juventud. Esta vez el mecanismo fue doble, económico y cultural. El económico se basó en el diseño de una nación desintegrada, un modelo de excluidos e incluidos, un país de dos velocidades.
El cultural fue la imposición a todo trance de un modelo de pensamiento único, que descreía del Estado como modelo integrador mediante la gestión de los bienes públicos, que descreía de cualquier mecanismo de organización y representación social colectiva, ofreciendo en su lugar salvajes y competitivas alternativas de salvación individual (aquellas que llevaron a Margaret Tatcher a decir la sociedad no existe) y fundamentalmente descreían de la ciudadanía y la política como instrumento de participación, de integración y de equidad.
En treinta años pasamos de tener una juventud maravillosa a tener una juventud bajo sospecha.
La juventud no fue pensada como un sector social complejo con problemáticas diversas y opiniones propias, no se lo pensó como sujeto de derechos, si tenía recursos económicos se lo posicionó como sujeto de mercado y si no los tenía como sujeto de exclusión. En ese marco la única referencia simbólica que se le concedió a la juventud fue el 21 de septiembre, Fiesta del Estudiante, vinculándolo a las ideas de diversión y primavera, y vaciándolo de todo otro posible contenido. Más allá de que no todos los jóvenes estudian en Argentina no queremos de ninguna manera que el 16 de septiembre se convierta en una contrapartida luctuosa de la alegría juvenil.
Muy por el contrario, el compromiso, la participación, la militancia son inseparables de la idea de alegría.
Como escribiera en una celda de la Gestapo el militante antifascista Julius Fucik pocos días antes de su muerte en Berlín en 1943 “y lo repito una vez más: he vivido por la alegría, por la alegría he ido al combate y por la alegría muero. Que la tristeza no sea unida nunca a mi nombre”
Creemos que ese espíritu de alegría, y por que no de fiesta, de afirmación de la vida sobre la muerte es el verdadero sentido de un Día Nacional de la Juventud.
Un día que tenga por objeto que los jóvenes de nuestro país se reconozcan como protagonistas de su propia historia, sujetos de deberes y de derechos, ejerciendo plenamente su libertad y sus potencialidades, y manteniendo la lucha, siempre interminable, por una patria para todos.
